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Volvió la luz: crónica de una revolución de a poquito

En el Teatro Municipal de Olavarría se inaugura esta noche la 4ª edición del Festival Latinoamericano de Cine, la criatura de dos amigos de toda la vida. Catorce largometrajes, veintiocho cortometrajes y ocho países se dan cita en una sala que, hasta hace cinco años, llevaba demasiado tiempo a oscuras.


OLAVARRÍA — Por Norberto “Negro” Santellán, enviado a su propia ciudad

Hay pueblos que sueñan despiertos y no lo saben. Olavarría es uno de ellos, y esta noche, por unas horas, se va a saber. Dicen que el cine nació para que los hombres no se murieran solos. Nació, también, para que las ciudades no se olvidaran de sí mismas. Esta ciudad, la Olavarría de siempre, tuvo alguna vez esa memoria encendida y después, por decisiones que tenían más de cálculo que de amor, la dejó apagarse. Nadie la culpó. Las ciudades, como las personas, también atraviesan sus inviernos.

Pero hay inviernos que terminan porque dos pibes que compartieron banco en la primaria —y que después compartieron veinte años de sueños tercos, de proyectos que unas veces salieron bien y otras se cayeron redondos, porque así aprende el que aprende de verdad— decidieron un día que ya era hora de que volviera la luz. Se llaman Roberto Vecchi y Sebastián Magallanes. Uno trajo el ojo: años de imagen, de diseño, de tecnología puesta al servicio de contar. El otro trajo la voz: años de gestión, de publicidad, de saber decirle al mundo que algo estaba pasando. Entre los dos no armaron una empresa. Armaron una manera de estar en el mundo.

Le podemos poner nombres difíciles —ontología del afecto, compromiso territorial— pero ellos seguramente lo llaman de un modo más simple: cuidar lo que se ama, y amar lo que se hace.

En 2023 encendieron la primera brasa: un festival chiquito, de cortometrajes nomás, para ver si la ciudad todavía sabía mirar. La ciudad supo. Al año siguiente la brasa creció. Y en 2025 se hizo fuego de verdad: llegaron los largometrajes, llegó un día más de proyecciones, llegaron las escuelas con sus propias historias filmadas, llegaron casi cuatrocientos cortos desde toda América Latina para pelearse por un lugar en la pantalla. El Concejo Deliberante le puso nombre de Interés Legislativo. La Cámara de Diputados de la Provincia lo reconoció. Pero el verdadero reconocimiento, el que importa, se lo dio la gente que volvió, edición tras edición, a sentarse en esta butaca.

Hoy, cuarta edición, el fuego ya no cabe en dos manos: son catorce largometrajes y veintiocho cortometrajes, llegados de Argentina, México, Venezuela, Brasil, Uruguay, Perú, Colombia y Cuba, los que van a proyectarse entre el 17 y el 20 de septiembre bajo esta bóveda que alguna vez soñó con ser, otra vez, una pantalla.

Si uno mira bien esta Selección Oficial, entiende que el cine, como la gente que lo convoca, también anda buscando dónde vivir.

Hay un proyeccionista que pierde el trabajo y se queda a dormir adentro del cine, porque a veces el refugio es el mismo lugar que nos despidió. Hay una piedra de veinte toneladas, sagrada, robada, que tres generaciones reclaman de vuelta porque la memoria también tiene peso y también tiene dueño. Hay un palacio imaginario donde un pueblo entero dice basta a la explotación de su tierra, con la misma voz baja y firme con la que Olavarría dijo, hace cinco años, basta a que su propio cine siguiera a oscuras. Hay una mujer que busca sanar y termina aprendiendo, a los golpes, el precio de la obediencia. Distintas lenguas, distintas banderas, la misma pregunta hecha película: qué hacemos, entre todos, cuando el lugar que nos alberga está en peligro. Esa pregunta, que atraviesa cada fotograma de esta selección, es también la que Vecchi y Magallanes se hicieron antes de fundar este festival. Y la respuesta que ambos —el cine y estos dos amigos— encontraron fue la misma: se cuida entre todos, o no se cuida.

Acompañan esta noche, con sus ojos ya curtidos en Cannes, en el Bafici, en Mar del Plata, ocho jurados: Andrés Habegger, Romina Tamburello, Leandro Listorti y José Tripódero para los largometrajes; Camila Pereyra, Ezequiel Martínez Marinaro, Carla Martínez e Ivana Roldán para los cortometrajes. Gracias por prestarle a esta ciudad la exigencia de su mirada.

Yo nací en esta tierra, y en ella crecí hasta que la adolescencia me llevó por otros caminos. Después anduve por el mundo —y el mundo es grande, y uno cree, mientras lo recorre, que se va a ir borrando el mapa de donde vino. No es cierto. El mapa no se borra: se enrolla despacito y uno lo lleva adentro, y a veces, como esta noche, lo vuelve a desplegar. Por eso puedo decir, sin exagerar ni una coma, que esta tierra sigue siendo mi lugar en el mundo.

Y por eso también puedo decir, con la autoridad que da haberse ido y haber vuelto varias veces, lo que le está pasando a esta ciudad con estos dos muchachos que un día decidieron soñar en voz alta. Al principio los miraron como se mira a los locos lindos: con ternura y con desconfianza. Después, edición tras edición, la desconfianza se fue cayendo sola, como se cae la cáscara de una fruta que ya maduró. Hoy Olavarría empieza a entender lo que estaba construyendo sin saberlo del todo: que un festival de cine no es solamente una fila de películas. Es una manera de que una ciudad se mire a los ojos y se reconozca capaz de belleza, capaz de convocar al continente entero a su propia sala, capaz de que dos de sus hijos —criados a la vuelta de esta misma plaza—le devuelvan, multiplicado, lo que ella les dio.

Este edificio no está vacío nunca, ni siquiera cuando las butacas quedan a oscuras entre festival y festival. En sus paredes de yeso viejo y en sus cortinados de terciopelo gastado siguen viviendo, agazapados, los fantasmas de sesenta y setenta años de proyecciones: los héroes que juraron venganzas eternas y las cumplieron o no las cumplieron, los villanos que enseñaron que el mal también tiene sus razones, las mujeres que decidieron, en un solo plano, cambiar el rumbo de su propia historia, los hombres que aprendieron a llorar sin pedir permiso. Todos ellos, actores y actrices de un mundo entero que alguna vez cruzó el océano solo para instalarse, dos horas, en esta sala de pueblo, siguen ahí, sentados en la butaca de siempre. Duermen entre función y función. Y esta noche, cuando se apaguen las luces y empiece a correr la primera película, se van a despertar.

Porque no hay festival que no sea, también, un conjuro. Esta noche esos fantasmas van a levantar la voz —cada uno con su acento, cada uno con su idioma, cada uno con el gesto que alguna vez los hizo inmortales— y de esa mezcla imposible de lenguas y de épocas va a salir, si prestamos bien el oído, algo parecido a un coro. Un coro que no le canta a ningún dios, sino a dos amigos de esta ciudad que se animaron a creer que un sueño se sostiene con trabajo y con paciencia; que las revoluciones grandes empiezan siempre con un paso chico, con una sala que se llena, con un cortometraje que encuentra su público. Ese coro, esta noche, corona el esfuerzo de Roberto Vecchi y de Sebastián Magallanes con el único premio que en el cine importa de verdad: seguir contando historias, seguir encendiendo la pantalla, seguir acercando el mundo entero a este pedazo de pampa que, por unos días de septiembre, vuelve a ser el centro de todo.

Que empiece la función.