Flor Pennachioni: una mirada íntima para convertir momentos familiares en recuerdos que perduran
Fotógrafa de niños, recién nacidos y embarazadas, su propuesta se centra en registrar momentos que, por su propia naturaleza, son fugaces. “La mejor herencia que le podés dejar a tus hijos es el recuerdo de sus vidas” dijo.
En el marco del Día del Fotógrafo, Flor Pennachioni -@flor.pennachioni.fotografia- repasó su recorrido por la profesión. Una actividad que comenzó a explorar desde chica y que con los años convirtió en profesión, pasión y una forma de acompañar a las familias en distintos momentos de sus vidas.
Su vínculo con la cámara comenzó en la infancia. “Yo era la que se apropiaba de la cámara familiar”, recordó. También conserva la imagen de aquella Polaroid rota con la que jugaba entre otros juguetes. Con el tiempo, esas primeras señales se combinaron con su inclinación artística y la llevaron a estudiar fotografía en la Escuela de Artes Visuales Martín Malharro.
Aunque comenzó vinculada a la fotografía social, encontró su lugar al unir dos intereses que siempre habían estado presentes: los niños y el arte. Se especializó en fotografía infantil, recién nacidos y embarazos, y desde entonces construyó una propuesta centrada en registrar momentos que, por su propia naturaleza, son fugaces.

Guardar el paso del tiempo
Flor Pennachioni comenzó a trabajar en fotografía en 2009 y se recibió en 2012. A lo largo de estos años acompañó a numerosas familias y vio crecer a muchos de los niños que fotografió por primera vez en jardines o durante sus primeros años de vida.
El nacimiento de su propia hija también marcó un momento importante en su manera de entender la fotografía. “De golpe con mi marido veíamos las fotos de semanas atrás, meses atrás y era una nostalgia. Y vos decías, ¿en qué momento pasó? Y ahí fue cuando dije, yo quiero hacer esto, quiero registrar esto porque es fugaz” contó.
Desde entonces, su trabajo está atravesado por la idea de conservar esos cambios. Embarazos, nacimientos, primeros cumpleaños y distintas etapas de la infancia forman parte de un registro que, para ella, puede convertirse en una herencia familiar.
“Siempre digo que la mejor herencia que le podés dejar a tus hijos es el recuerdo de sus vidas, así en fotos”, sostuvo.
Por eso, durante las sesiones busca que las imágenes no sean únicamente posadas. Prefiere generar situaciones de juego y conexión para que aparezcan gestos espontáneos y expresiones genuinas. “No tanto lo posado, sino lo que va surgiendo. Hay que estar atentos y a la espera”, explicó.
Construir un estilo desde la simpleza
La identidad artística de Flor fue tomando forma a partir de la observación, la experimentación y una búsqueda estética que reconoce incluso en su propia casa. Colores neutros, materiales naturales, fondos simples y luz natural son algunos de los elementos que definen su propuesta.
“Yo creo que mezclo muchas cosas” advirtió al hablar de cómo fue encontrando su estilo. También señaló que buscó en todo momento “destacar el modelo”, reduciendo los elementos que pudieran competir visualmente con las personas retratadas. Con el paso de los años, esa búsqueda se transformó en una identidad reconocible que todavía considera abierta a evolucionar, aunque con algunos principios que permanecen: la simpleza, lo delicado, lo acogedor y la calidez.
Ella misma definió su estilo: “Mi estilo es íntimo, cálido y atemporal. Trabajo siempre con luz natural, tanto en estudio como en exterior, para crear imágenes suaves y luminosas. En mis sesiones busco la conexión: la panza que se acaricia, la risa espontánea de un niño, la calma de un recién nacido en brazos. Con colores neutros, texturas nobles y fondos simples para que lo importante sean siempre ustedes”.

Y agregó que “el resultado son fotos que no pasan de moda, que pueden acompañar la decoración de cualquier hogar y que van a emocionar hoy y dentro de 20 años”.
Para la fotógrafa, ese sello también está vinculado a la forma de trabajar. “La luz suave y envolvente, todo fluye y es orgánico. Le doy importancia a lo emotivo, la conexión y amor por sobre la pose”. Sus propuestas son minimalistas y su edición busca conservar una estética “atemporal, cálida y limpia”.
En las sesiones infantiles, esa definición se traduce en escenarios sin demasiadas distracciones, objetos de madera o fibras naturales y una paleta de colores neutros. Pero también en una forma particular de vincularse con los niños: cantar canciones, hacer burbujas, jugar, hacer cosquillas o simplemente esperar el momento indicado para que aparezca una mirada.
La experiencia también es parte de la fotografía
Para Pennachioni, una sesión no empieza cuando se enciende la cámara. Existe una preparación previa y un vínculo con las familias que considera de suma importancia, especialmente cuando se trata de recién nacidos. En esos casos, brinda indicaciones para que el bebé mantenga sus rutinas y para que los padres lleguen tranquilos. Las sesiones pueden durar entre dos y tres horas, con tiempos de descanso y respetando las necesidades del bebé.
La capacitación específica también ocupa un lugar central en su trabajo con recién nacidos. Destacó la importancia de conocer las medidas de seguridad, las poses y las señales que pueden indicar que es necesario detener una determinada situación.

Pero ese acompañamiento excede lo estrictamente fotográfico. Durante las sesiones conversa con las familias sobre el nacimiento, la lactancia, el descanso y las inquietudes de los primeros meses. Desde ese lugar, también encontró una manera de acompañar a madres y padres y de generar redes.
En el caso de las sesiones infantiles, el vínculo puede construirse a lo largo de los años. Flor recordó niños que inicialmente eran tímidos y que, después de varias sesiones, regresaron con dibujos, flores o pequeños regalos. “Yo los amo, son mis bebés, son mis niños”, dijo al describir esa relación.
Lo real, lo digital, lo artificial
En una época en la que cualquier persona puede producir miles de fotografías desde un teléfono celular y en la que las herramientas de inteligencia artificial permiten crear imágenes, Flor Pennachioni consideró que la fotografía conserva un valor particular cuando registra un momento que efectivamente ocurrió.
“Mi postura es ´el momento real existe´, porque la IA te crea todo, pero el momento …”, planteó. Para la fotógrafa, el valor está también en vivir la experiencia que hay detrás de la imagen: jugar, interactuar, descubrir un lugar y construir una situación que después pueda quedar registrada.

Además, destacó una cuestión que consideró fundamental: que los padres también aparezcan en las fotografías. “La mamá nunca está en las fotos”, señala, por eso incluye imágenes familiares en sus sesiones y también contempla a las mascotas.
En esa mirada aparece una idea que atraviesa toda su forma de entender el oficio: una fotografía no es solamente una imagen, sino el registro de una etapa, de un vínculo y de una historia familiar. “Te estás llevando un tesoro, porque es un tesoro la foto, es el recuerdo, es el recuerdo del paso del tiempo de tu familia, de tus hijos, es tu nuevo rol como tu papá, son logros, son resultados, son evoluciones, son un montón de cosas. Es un registro súper amplio”, afirma.
El valor de imprimir
En una época dominada por las imágenes almacenadas en teléfonos y computadoras, Flor Pennachioni también defiende la fotografía impresa. Ofrece impresiones, cuadros y fotolibros como parte de sus propuestas y considera que conservar las imágenes físicamente permite que circulen dentro de las familias y lleguen a nuevas generaciones.
“Que impriman fotos” pide. Su argumento es sencillo: lo digital puede perderse, mientras que una fotografía impresa puede conservarse, compartirse y volver a mirarse con el paso de los años. En ese sentido, recuperó una frase que entrega junto con sus fotografías: “Las fotos no son tan importantes hasta que son lo único que nos queda”.

La frase sintetiza una parte central de su manera de entender la profesión. Las imágenes pueden parecer cotidianas en el momento en que son tomadas, pero adquieren otro significado cuando el tiempo pasa y aquello que registraron ya no existe de la misma manera. A lo largo de su trayectoria, Pennachioni asegura haber conocido historias familiares muy diversas: búsquedas para tener un bebé, momentos difíciles, nacimientos, primeros años y encuentros que continuaron durante mucho tiempo. Algunas familias regresan año tras año y otras llegan a través de recomendaciones.
“Yo no me imagino haciendo otra cosa en mi vida, es mi hobby, mi pasión, mi trabajo, es todo” resumió. Y en ese recorrido, la fotografía aparece como una manera de detener aquello que inevitablemente cambia: una panza que crece, un recién nacido en brazos, la risa de un niño, una mirada, una familia reunida. Instantes que, para Flor Pennachioni, merecen quedar registrados y que con el tiempo pueden transformarse en una de las formas más concretas de recordar una vida compartida.

